martes, 22 de marzo de 2011

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Berlin

Die Symphonie der Großstadt
1927
Walter Ruttman




En 1927, Walther Ruttman, pintor de profesión, rodó el documental ‘Berlín sinfonía de una ciudad’, a partir de de un guión suyo y de Karl Freund, que a su vez se basaba en una idea de Carl Mayer. Se trata de un film mudo, concebido para ser acompañado por una partitura de Edmund Meisel que estuvo desaparecida durante décadas. Aunque se recuperó en 2007, todavía circulan copias con una banda sonora alternativa, compuesta posteriormente para el film. Narrativamente documental, ‘Berlín sinfonía de una ciudad’ es, no obstante, un film muy elaborado y cargado de intervenciones del autor en lo estético: encadenados y otros efectos de truca se suman a una fotografía cálida en su blanco y negro y una diversidad de encuadres y movimientos de cámara, para mostrarnos una visión muy personal y muy moderna para su época. Estos juegos con la imagen suponen el valor que más ha pervivido de la película y la convierten en una curiosidad que no tendría que perderse en el olvido. Por algo fue precursora de otros films y marcó un hito como aportación experimental. La película se divide en cinco actos que van surgiendo según los momentos del día y éstos, a su vez, se segmentan en bloques. Cada uno de estos episodios muestra un ritmo diferente, al igual que lo mostraría cualquier metrópolis según las horas a las que nos acercásemos a ella: el amanecer tranquilo donde sólo algunos comercios van abriendo sus cierres, la hora punta con frenética actividad, el trabajo, el medio día, la agradable tarde de cafés y terrazas y la noche cosmopolita. El visionado de los cinco actos puede resultar excesivo y cansino, pues parece que poco más se pudiese aportar, una vez establecidas las primeras observaciones, pero siempre hay algún aspecto novedoso y curioso que anima cada fragmento. Se podría decir que la protagonista de la película no es otra que la ciudad de Berlín, pues el documental no se centra en ningún individuo concreto. El autor elige mostrárnoslo todo a través de un personaje múltiple que se divide en cientos de ciudadanos, cuyos rostros se detienen unos segundos ante la cámara para quedar eternamente plasmados en el celuloide. La cotidianidad de los instantes reflejados nos hace pensar que conocemos bien a todos ellos, pues nos los encontramos en situaciones en las que nos podríamos ver nosotros mismos un día cualquiera. Ruttman desindividualiza, pero no despersonifica. La ciudad, paradigma de la modernidad, aliena a estos seres de los que sólo se nos ofrecen primeros planos para mostrarnos su angustia.



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